domingo, 22 de febrero de 2009

MENINAS TRES Y CUATRO

EN REALIDAD NO VAN POR C´PÍTULOS. PERO ESTE ES EL ORDEN


Sigo

Tal vez atraiga la ira de los dioses o el beneplácito del viento generoso del otoño. Puede que me convierta en hoja y así, luego de perder mi verdor, brille en un glorioso casi último estertor amarillo, me ruborice en ese espléndido transmutado rojizo y termine abonando la tierra que me ha dado la vida y a la cual le debo tanto; la mano que sostiene la pluma que mojo en el tintero, los ojos que me dan el valor de saber lo que descifra un alfabeto, conocer el olor de un leño seco y la alegría de verlo arder, y calentar con él mi cuerpo.
Camino. Ando. Recorro mi jardín. Me miro en un espejo. Estoy. Sé que vivo. Por eso y mucho más es que estoy agradecida. Sólo pido, en caso de ser hoja, no ser pisoteada por hordas de salvajes que destrocen lo añejo sin piedad y sí con prisa.
Puede que quizás, al serlo, caiga lejos.
Tal vez.
Por ahora, aún pendo. Sigo estando en mi rama de hoy, y el hoy en mí es eterno. Yo sigo presente y tal vez, al leerlo algún día, me suene a cuento. Pero será un cuento mío y por eso, sin dudarlo, ya comienzo.


El pueblo

No recuerdo mi nacimiento, pero contaba Consuelo, mi hermana, la mayor, que fue más grande el acontecimiento que el vivido con el de ella y el de mis otras dos hermanas. Mis padres esperaban conmigo la ansiada llegada de un hijo.

No sé de monólogos, y siento que al describirme termino haciéndolos.
Divago en mis memorias y no pidan de mí mucha coherencia. Pobres de aquellos si esto llega por ellos a ser leído. Deberán hacer malabarismos con mi semántica y mi sintaxis. Yo me entiendo. Espero hagan lo mismo.
Y río.

Hablaba del hijo esperado y se me ocurrió agregar un “todos”. Grafiqué la imagen de una familia. Y ese “todos” me abarcó en tíos segundos y lejanos primos. En anécdotas de abuelos fallecidos y en la imagen permanente de mi Aída, mi ama de cría, de quien aprendí a conocer el sabor de la leche de un pecho no materno y con sabor a madre pretendida, con esa temperatura en sus manos trabajosamente pulidas que me arropaban noche a noche y día a día, y esa mirada tan calurosa como las tierras, que le dieran ese color a su tez y que nos diferenciaban.
Más el “todos” en realidad sólo eran ella, mis padres y mis hermanas que poco opinaban, pues Consuelo apenas contaba seis años, tres Pastora y dos Carmela.
El resto eran parientes de nombre y no presencia. Ni siquiera en las Navidades. Vivían nada cerca. Y cuando aquí hacía calor, me contaban, allí nevaba. No los conocí jamás. Pero igual eran mis tíos e igual eran mis primos. No creo vaya a sumar otra palabra en este relato. ¡Pero cuánto anhelé poseerlos y verlos crecer, y así ver crecer la familiar telaraña protectora! Nada de esto tuvimos las hermanas. De esto nada.
Retomo.
Daban todos por sentado lo del varón y así sería, pues las comadronas le habían vaticinado a mi madre que, debido a la postura de quien llevaba en su vientre, no podía ser otra cosa más que masculino su retoño.
Por lo cual todo mi ajuar de bebé fue azul celeste y como mi nacimiento se calculaba para los primeros días de enero, en las Fiestas todos los regalos dirigidos a mí estaban dirigidos a Camilo, nombre de quien fuera mi abuelo paterno. Yo, Clara, era Camilo.
Debo hacer un paréntesis. Tal vez innecesario. ¿Más para quién innecesario? Para mí, no. Y como aquí soy yo la que más cuenta, hablo de él.
Quiero hablar de mi abuelo Camilo, y de mi abuela Eloísa, quien también muriera antes de haber yo nacido. Como hubieron muerto los padres de mi padre y ser huérfano él, como yo, desde muy niño. ¿Me adelanto? Está bien. Aquí no es necesario saber quien al final fue el asesino.

No tuve abuelos. Sí retratos y cuadros y ajuares de mi madre y alhajas que nos regalara, tantas las que ella tenía.
Fue excéntrico, explorador y aventurero. Nada más casarse y quedar embarazada mi abuela, Eloísa, partió hacia Egipto con el fin de descubrir tumbas de olvidados faraones.
Ella recibía cartas casi a diario, tal el amor que él por ella sentía. Y ella, presurosa, contestaba a estas misivas. Sucedió que, ya mi madre con dos años, dejaron de llegar noticias y mi abuela no pudo escribir más, pues ya nadie le escribía.
Al cumplir mi madre quince años, mi abuela decretó, luego de pasar tanto desde la partida de Camilo y al no recibir noticias, con las esperanzas ya perdidas, oficialmente muerto a mi abuelo.
Decretó que el color del luto fuese el blanco, pues el negro, decía, traía mala fortuna.
Blancas fueron todas las celebraciones que desde aquel aciago día se festejaran en familia. Y ya no lo lloró, tan seca estaba, como el cauce de un río profundo y tan desértico que era tierra y no más río.
Llegó otra Navidad. Otro blanco más intenso en la familia.
En medio de la cena, el mayordomo corrió a comunicarle a mi abuela que un inmenso paquete había llegado desde Egipto.
¡Que ilusión la de Eloísa!
¡El abuelo estaba aún con vida!
La cena se detuvo y pasando todos a la sala de entrada, hizo su irrupción un inmenso cajón de madera. Lo acompañaba una carta, en la que mi abuelo le decía a mi abuela que era éste su regalo y que pronto volvería. ¡Mas ilusión todavía! Eloísa gritaba de alegría y abrazaba a cualquiera que frente a ella estuviera. Inclusive a la servidumbre que, como todos, lloraba de alegría.
La carta estaba fechada después de la última por ella recibida. Al abrir el cajón, vimos con sorpresa que dentro había un sarcófago dorado, cuidadosamente protegido.
Era un regalo de mi abuelo a su querida Eloísa.
A una orden de mi abuela y ante el silencio de la concurrencia, el mayordomo levantó la tapa y dentro estaba mi abuelo. Embalsamado.
Mi abuela se desmayó y mi madre no entendió que ese era su padre, y por las dudas pegó un grito.
Macabra broma pareciera, pero no. Fue de respeto, ya que mi abuelo, luego de descubrir una rica tumba y de decidir mandar este sarcófago como presente a su amada, sufrió una fatal picadura y ellos, su gente que lo amaba, siguiendo ancianos ritos, lo embalsamaron y luego de tomarse mucho tiempo para juntar el costo de la partida, finalmente lo embarcaron en El Cairo y lo enviaron a mi abuela.
Y allí quedó mi abuelo, en el sarcófago metido. Se realizó una solemne ceremonia y mi abuela se declaró oficialmente ya no viuda.
Y así se fue el blanco. Mejor seguir la vida. Al resolver la ilusión de la esperanza, que mejor es vivir lo que resta, con dicha y con alegría.
Volvió a autorizar el uso de los colores en la casa y hasta permitió ser cortejada por un duque ruso a menos venido.

Volvamos a mi nacimiento. Me estoy perdiendo en divagues que para mí, acepto, resultan tan entrañablemente divertidos.
Digamos que la tan ansiada llegada del heredero masculino se convirtió en una frustrada aparición de la cuarta heredera femenina.
No hubo fiesta celebrando mi arribo y mi madre se limitó sólo a sonreír al verme y acariciarme la frente. Luego de eso las matronas, encabezadas por Aída, me llevaron a mi cuarto azul. Y así mantuvo su color hasta morir mis padres, al cumplir yo siete años.
Consuelo, al quedar huérfanas, con esa autoridad que da el ser la heredera mayor aun siendo niña, decidió que se pintara de color verde agua. Le supliqué fuese de rosa. Insistió autoritaria. Verde agua. Nunca rosa. No conocí el rosa, entonces, más que en las flores y las cultivo con ahínco. Me hacen sentir deseada y frágil. Hoy toda la mansión es color rosa. Emperatriz de mi propio imperio, derrumbo monumentos por mis antecesores construidos.

Hablar de mi nacimiento no me conmueve en demasía. En realidad sólo lo hace el verter en estas páginas lo por mis ojos visto en el través de mi vida y también, satisfaciendo mi rebeldía, lo por mí imaginado. Aquellos actos que despertaron la gimnasia de mi fantasía.

Quiero hablar de mis padres. Emblemáticos y distantes personajes, dignos de los retratos que en nuestra casa los describen, en esas sus policromadas armaduras de elegancia y lejanía.

Poco tiempo los tuve yo en mi vida, pero esos años me sirvieron para definirlos y los restantes para hacer de ellos mitología.
Serán diferentes de la imagen que mis hermanas de ellos tienen. Esto motivó, en noches de reuniones, acaloradas discusiones teñidas de nostalgias y de celosos deseos de poseerlos más que las otras.
Celos de los muertos, que son celos más fuertes aun que los de los vivos. Pero éstos que voy a describir son los míos. No los de ellas.

De él me enamoré al verlo por primera vez, en el vago recuerdo de mi imaginario infantil. ¿Caballero andante? ¿Un Cid o un Cruzado? Era un héroe indiscutido. Capitán de la Guardia, su blanco uniforme con galones rojos y dorados brilla en mi memoria como un destello atrevido. Era bello, más bello que un Jacinto. Y se perfumaba en espejos desteñidos que engalanaban nuestros salones.
¡Se sabía tan atractivo el presumido!
Su cabello era una mina de oro en filigranas tejido.
Sus manos tan etéreas se parecían a las de madre y a las de ella a las suyas.
Sus ojos. ¿Existen ojos más azules que aquellos que nos inventa el tiempo?
Agrego que era alto y para mí a esa edad un coloso.
No hablemos de musculaturas, ni de brazos, ni de pómulos. No hablemos de su cintura ni de sus labios ni de cejas.
Eso lo dejo al más libre pensamiento.

Sus hazañas llenaron mis noches de insomnio, al imaginármelo al frente de su escuadrón de caballería, aterrando al enemigo.

Nada de esto fue cierto. Me río. Jamás pisó un campo de batalla ni disparó tan solo un tiro. Su capitanía era un cargo honorífico y su uniforme un disfraz que engalanaba su cuerpo en días festivos.
Fumaba cigarrillos turcos y su pasión eran los libros. Como de rentas en esta casa se vivía, nunca tuvo que ganarse el pan, pues otros por él lo hacían.
Era rico y esto nos convertía a nosotras en ricas. Al casarse con mi madre unió su fortuna, que venía de muy lejos, a la de ella, también rancia y de abolengo.
Dos fortunas unidas no por amor, mas unidas por cariño. Se miraban con la pureza de un niño y supongo alguna vez ella habrá pegado junto a él un incontrolable gemido. Lo deseo. Cuánto en verdad lo deseo.
Yo he tenido tantos míos. Son maravillosamente indescriptibles. Siguen allí, no perdidos.

Puede que en alguno de ellos se me cruzara la imagen de mi padre. O de su uniforme. O de su cigarrillo. No debo ocultarlo. Es cierto. Él me inspiraba deseo. No miedo. Ansia de ser besada por él y acariciada por la masculinidad que entonces me era absolutamente desconocida.
De mi madre, hablaré del tono de su voz. Era una voz tan perfecta. Una voz con tanto afine y con armonías exactas. Era su voz su belleza y belleza en ella era todo.
A pesar de aquél deseo que por mi padre sentía, extraño más a mi madre aunque pienso que si no estuviese yo viva, no se sí me extrañaría.
La envidiaba por mi padre que era de ella, pobre mía. ¿Habrá sentido mi madre los placeres que con el hombre, he sentido? ¿Habrá conocido el temblar de una cama en un ritmo desmedido? Nunca escuché por las noches algún grito suyo de pasión. Mas insisto, sí escuché el cariño. Se escucha igual que la brisa y no es rugido. Es eso. Es brisa. Es... cariño.

2 comentarios:

alitoandolf dijo...

Me da mucho placer leer estas entregas... si bien chat me parece muy ingeniosa y atrapante, la de Meninas, tiene algo muy tuyo, muy personal. El tiempo en que está escrito y la manera de narrar ese personaje tan sensible cuyas imagenes me dejan tanta poesía que me obliga a leerlo una y otra vez, no obligadamente sino por la sensación de que en el camino de la lectura me pierdo lo que Clara me cuenta. No por desconcentrado, mas bien por aferrarme a esas imágenes tan bellas que me mantienen la imaginación trabajando a la velocidad de un rayo. Y esta bueno lo que en mí despierta, porque es tu magia, porque es tu letra. Porque detrás de estas palabras se encuentra aquél hombre que escribió esa obra tan perfecta, no hablo de Drácula, Hablo de Wilde. Y me conmueve, (no se porqué) de la misma manera.
Y me emociona.
Y me envuelve.
Y me atrapa.
Y me envicia.
Y agradezco que hagas mi domingo tan cálido con tus palabras.
Un abrazo.

Cristina Prado dijo...

Pepe: Te recuerdo lo que vos hablaste el martes pasado en el seminario, que se que a muchos nos sirvió, y a otros, los que lo lean, les puede servir también.
Hablaste de los cavernícolas, hablaste de por qué los actores tenemos que ser como los cavernícolas.
El cavernícola aprende, o aprendió, cómo se las tiene que arreglar para sobrevivir -cómo cazar, comunicarse, comer, cuidarse, etc.-. Por eso, el cavernícola aprende, pero aprende si un ejemplo anterior. Aprende por propia experiencia, por ensayo y error hasta conseguir lo que busca. No tiene un pre-juicio de cómo los cavernícolas "deberían" cazar, cómo "deberían" aprender a hacerse sus ropas, cómo "deberían" pintar en las piedras, cómo.. en fin, no tienen ningún molde, modelo, matriz, nada que los condicione, nada que les diga lo que deben ser.
Eso es lo que nos pediste, que tratemos de ser "cavernícolas", que no tengamos un prejuicio al momento de componer un personaje, o en el instante en el que tenemos que sentir miedo o frío. Es el poder tener libertad de accionar, de elegir y, creo, de encontrarse y entenderse.
Otro tema: soy estudiante de historia, pero ya este año empiezo a dar clases de historia -anteriormente di de Radio y Periodismo- y hoy me conocieron los padres. Tuve que asistir a la reunión que organizó el colegio y exponer, adelante de los 60 o 70 padres que había, cómo iba a encarar la materia, cómo iba a evaluar a sus hijos, qué bibliografía iban a utilizar, en fin, conocieron quién era. Ese momento fue indescriptible. Era puro nervios, pensé que me iba a quedar sin voz, sin palabras, que me iba a olvidar de absolutamente todo, que me iban a preguntar algo e iba a desmoronarme ahí, delante de todos. No ocurrió nada de eso. No pasó. Podría decirse que sobreviví. Aunque parezca que no tiene mucho que ver me ayudó el teatro. Respiré, escuché mis propias palabras, me paré frente a todos, me moví en el espacio que tenía, miré a los ojos, hablé claro y fuerte. Sobreviví.
En la última clase del seminario también sobreviví. Estaba cantando la canción de la carta de Jonathan y al momento de decir "y los amantes.." sentí que se me quedaba la voz en la garganta, no se si por nervios, porque respiré mal o qué, pero no me gustó lo que escuché, y seguí cantando, pero me quedé mal. Y después -mientras pensaba en lo mal que había cantado esa frase- la embarré feo cuando dije "siguen amando". Hice lo que sé que no debía hacer, interrumpirme, demostrar mi error, no se hace, lo sé, pero fue más fuerte que yo. Obviamente recibí una llamada de atención, porque interrumpí no sólo la canción, sino todo lo que habíamos construido con los chicos hasta ese momento. Me dieron una segunda oportunidad, y lo logré. Salió bien, quedé conforme, no se me escapó ninguna nota, y para cantarla, traté de borrar ese error que había tenido instantes antes.
Hoy salí adelante. Aprendí la lección. El público o los padres no pueden notar nuestros errores porque la embarramos, porque desconfían de nuestra capacidad para cantar, enseñar..
Era eso, no es necesario que lo publiques, te recuerdo lo que nos contaste porque se que hasta a vos te gustó la comparación, y te cuento mi experiencia porque me ayudó animarme a aprender con ustedes. Siempre te voy a estar agradecida.
Te dejo mi mail, por si tenés un ratito y queres dejarme tu opinión.

Te mando un beso

Cristina

cprado@live.com.ar