domingo, 22 de febrero de 2009

CHAT CAPÍTULO CINCO

ACÁ VA EL QUINTO


Capítulo 5



Dejarse llevar. Cerrar los ojos y permitirse esta sensación de nada. Tratar de bloquear el pensamiento mágico, evitando que los fantasmas le negaran este instante de placer privado. Esto pensaba Mónica, dejándose penetrar por ese aroma a canela que surgía del aceite que había vertido en el agua y sintiendo que en unos minutos flotaría entre las burbujas calientes de su jacuzzi. Se quitó la ropa y observó su vientre plano y duro en el espejo. Nada sobraba. Siempre había sido así. Apretó suavemente sus pechos con sus dos manos y luego llevó una de ellas hasta su pubis apenas depilado.
Así desnuda fue a la cocina. El contacto con el frío piso de baldosas la hizo estremecer. En la mesada estaba dispuesta la comida para la noche. Serían seis a la mesa: su padre, sus dos hermanos mayores con sus mujeres y ella. Ninguno de sus hermanos había tenido hijos. Ella tampoco, porque Andrés ya tenía tres y ella prefería sacrificar esto antes que sacrificarlo a él.

No soy un monstruo egoísta, que no permite que te realices como mujer-- le dijo Andrés cuando ella insinuó la posibilidad de quedar embarazada--. Es que es así. No quiero más hijos. Los que tengo me bastan y sé que esto es egoísta pero es así, Mónica.
Andrés se pasó toda la noche repitiendo hasta el cansancio: la cosa es así. Ella entendió que así era y aceptó. No es que ahora se quejara, o sí se quejaba, pero de sí misma. De su incapacidad para cortar con este vínculo que sólo le brindaba soledad y que la enfrentaba permanentemente a lo que podría tener y no tenía.

Mónica encargó la cena de fin de año a un restaurante. Prefirió celebrarlo en su casa. Le gustaba que todos en su familia disfrutaran de su parque, de su pileta y de esa sensación de poder que le brindaba el que vinieran a ella. La necesitaban, y ella los protegía.
Había elegido sushi, ensaladas exóticas y arroces azafranados con frutas. Abrió la heladera doble, se sirvió una copa bien helada de vino blanco y la llenó de hielo granizado. Siempre soñó con tener una de esas heladeras de doble puerta, con dispensario para hielo, de donde se podían sacar cubitos con sólo apoyar el vaso. Volvió al baño y encendió las velas. Eran más de una docena, de diferentes tamaños, todas blancas, diseminadas no caprichosamente. Estaban dispuestas, listas. Preparadas para su inmolación. Imprescindibles en el ritual. Aún era temprano, faltaban más de dos horas para que los demás llegasen, suponiendo que fuesen puntuales. Apagó las luces, prendió el equipo de audio y comenzó a escuchar una melodía minimalista melodía. Luego se sumergió en ese maravilloso espacio de vaho y líquidas humedades.
Andrés le había sugerido instalar un jacuzzi en su casa. La idea le atrajo, ya que las generosas dimensiones de su baño permitían la instalación de uno doble. Era la ventaja de haber comprado una casa. Al principio a Mónica le había dado miedo vivir lejos. Trasladarse a las afueras implicaba no sólo un cambio sino un riesgo.

--Tené cuidado. Mirá que en una casa hay menos seguridad- había insistido su padre.
--No te preocupes, papá. La voy a llenar de perros, alarmas y rejas.
--¿Y entonces para qué te mudás a una casa?
--Para tener perros, alarmas y rejas—respondió Mónica
riendo.

La primera casa que vio fue la que compró. Era una construcción de principios de siglo, estilo colonial, , que ocupaba más de un cuarto de manzana. Ubicada frente a la Quinta Presidencial, la hacía sentir segura. No quiso ver más. La cantidad de árboles que habían plantado originalmente en el parque hacía que la casa estuviera casi oculta, a pesar de sus dos pisos, balcones y terrazas. Pinos, robles, cedros azules y palos borrachos se mezclaban con rosales, bananeros, laureles y una enorme azalea que cubría la pared de entrada. Fue esa. El día de la mudanza encargó una pizza, abrió una botella de champán y brindó sola. Sin perros, sin alarma y sin rejas.
A Andrés le encantaba la casa de Mónica. Cuando podía, se quedaba una noche o dos. Desenchufaban los teléfonos, no prendían la televisión y sólo escuchaban música clásica. Ella lo cuidaba, mimaba, y hacían el amor, luego de prender la chimenea. Eran momentos perfectos. Andrés decía que éste era su mundo ideal; ella, que éste era su mundo irreal. Y seguían adelante. Cuando él se iba la casa le parecía aún más grande. Era una casa para llenarla de hijos y de una gran familia en los almuerzos de los domingos; y ella sabía que con Andrés, la casa, y su vida, seguirían vacías.
Sonó el teléfono inalámbrico.
--¿Qué hacés a esta hora? ¿Estás en tu casa?-- preguntó Mónica, sorprendida al escuchar la voz de Andrés.
-- Te llamé para que me confirmaras que estabas, como yo, metido en el jacuzzi y con el baño lleno de velas encendidas.
Él siempre sabía lo que ella estaba haciendo. Muchas veces Mónica pensó, riendo, si no le habría hecho instalar cámaras de televisión para espiarla. Tenía una suerte de sexto sentido. O quizás él usaba la lógica y la lógica decía que ella estaría haciendo a esa hora lo mismo que él.
--¿Y tu mujer?-- preguntó Mónica.
--Preparando todo para la noche. Viene mucha gente. Pero no vamos a hablar de la gente que viene esta noche a casa.
--¿Y de qué querés hablar?
--Quiero contarte que estoy con los ojos cerrados pensando en vos y que me estoy excitando mucho.
--Entonces abrílos, enfrentáte al hecho de que estás solo en tu baño, y pasála lo mejor posible.
Mónica también se estaba excitando con este juego ya conocido, sólo que no esta noche. No esta vez.
--No querés jugar-. Susurró Andrés.
--Mejor nos deseamos feliz Año Nuevo.
--Me vas a dejar calentito.
--Estoy segura de que tu mujer enfriarte. Después de todo, ella también coge-. Mónica percibió que había ido demasiado lejos.
--Disculpáme-– le dijo-–. Estoy nerviosa y las fiestas me joden.
--Sí pudiese estaría con vos para llenarte el jacuzzi con champán y relajarte con mis caricias.
--Si estuvieses acá... –- y se interrumpió.
--¿Qué? ¿Si estuviera allí qué? -– insistió Andrés.
--Te pido que cuelgues y mañana será otro año.
En ese momento, Matilde entró silenciosamente y Andrés le pidió con un gesto que hiciera silencio. Ella entendió, cerró la puerta con llave, comenzó a quitarse la ropa y se quedó observándolo.
--Me parece escuchar que viene Matilde y voy a tener que hacer el amor con ella si vos no me das bola.
--Brindá por mí.
--Hagamos esto. Dejo el teléfono en una silla, ella entra, no se entera, vos escuchás lo que hacemos y acabamos los tres juntos. ¿Qué te parece?
--Que estás borracho antes de hora.
--Entonces colgá vos cuando quieras. Yo no pienso hacerlo. Lo dejo ya sobre la silla. Feliz Año Nuevo.
Lo dejó y Matilde, ya desnuda, se metió en la bañadera. Mónica se quedó con el teléfono en la mano y dudó. Dudó sí apagarlo o escuchar cómo él hacía el amor con Matilde. Escuchó.
Se excitó, cerró los ojos y pensó que era ella quien estaba allí con él haciendo el amor, que esos gemidos de Matilde eran los suyos, que esas palabras de Andrés eran para ella y que ese orgasmo no era el de Matilde y Andrés, sino el de ella y el de él. Mónica acabó un momento después que ellos y al escuchar las risas de Andrés y Matilde, se descubrió llorando. Apagó el teléfono. No había sido una buena idea para terminar el año.

6 comentarios:

José Luis Bartolilla dijo...

Esto es una prueba, Pepe!
Cuanto lo quiero!
Besos

José Luis

LOLA dijo...

TUS PALABRAS SON POESIA.

EXTRAÑO A MI MAESTRO. TU FIEL Y OSCURA ADMIRADORA. LORIAN

Cristina Prado dijo...

Pepe: Te recuerdo lo que vos hablaste el martes pasado en el seminario, que se que a muchos nos sirvió, y a otros, los que lo lean, les puede servir también.
Hablaste de los cavernícolas, hablaste de por qué los actores tenemos que ser como los cavernícolas.
El cavernícola aprende, o aprendió, cómo se las tiene que arreglar para sobrevivir -cómo cazar, comunicarse, comer, cuidarse, etc.-. Por eso, el cavernícola aprende, pero aprende si un ejemplo anterior. Aprende por propia experiencia, por ensayo y error hasta conseguir lo que busca. No tiene un pre-juicio de cómo los cavernícolas "deberían" cazar, cómo "deberían" aprender a hacerse sus ropas, cómo "deberían" pintar en las piedras, cómo.. en fin, no tienen ningún molde, modelo, matriz, nada que los condicione, nada que les diga lo que deben ser.
Eso es lo que nos pediste, que tratemos de ser "cavernícolas", que no tengamos un prejuicio al momento de componer un personaje, o en el instante en el que tenemos que sentir miedo o frío. Es el poder tener libertad de accionar, de elegir y, creo, de encontrarse y entenderse.
Otro tema: soy estudiante de historia, pero ya este año empiezo a dar clases de historia -anteriormente di de Radio y Periodismo- y hoy me conocieron los padres. Tuve que asistir a la reunión que organizó el colegio y exponer, adelante de los 60 o 70 padres que había, cómo iba a encarar la materia, cómo iba a evaluar a sus hijos, qué bibliografía iban a utilizar, en fin, conocieron quién era. Ese momento fue indescriptible. Era puro nervios, pensé que me iba a quedar sin voz, sin palabras, que me iba a olvidar de absolutamente todo, que me iban a preguntar algo e iba a desmoronarme ahí, delante de todos. No ocurrió nada de eso. No pasó. Podría decirse que sobreviví. Aunque parezca que no tiene mucho que ver me ayudó el teatro. Respiré, escuché mis propias palabras, me paré frente a todos, me moví en el espacio que tenía, miré a los ojos, hablé claro y fuerte. Sobreviví.
En la última clase del seminario también sobreviví. Estaba cantando la canción de la carta de Jonathan y al momento de decir "y los amantes.." sentí que se me quedaba la voz en la garganta, no se si por nervios, porque respiré mal o qué, pero no me gustó lo que escuché, y seguí cantando, pero me quedé mal. Y después -mientras pensaba en lo mal que había cantado esa frase- la embarré feo cuando dije "siguen amando". Hice lo que sé que no debía hacer, interrumpirme, demostrar mi error, no se hace, lo sé, pero fue más fuerte que yo. Obviamente recibí una llamada de atención, porque interrumpí no sólo la canción, sino todo lo que habíamos construido con los chicos hasta ese momento. Me dieron una segunda oportunidad, y lo logré. Salió bien, quedé conforme, no se me escapó ninguna nota, y para cantarla, traté de borrar ese error que había tenido instantes antes.
Hoy salí adelante. Aprendí la lección. El público o los padres no pueden notar nuestros errores porque la embarramos, porque desconfían de nuestra capacidad para cantar, enseñar..
Era eso, no es necesario que lo publiques, te recuerdo lo que nos contaste porque se que hasta a vos te gustó la comparación, y te cuento mi experiencia porque me ayudó animarme a aprender con ustedes. Siempre te voy a estar agradecida.
Te dejo mi mail, por si tenés un ratito y queres dejarme tu opinión.

Te mando un beso

Cristina

cprado@live.com.ar

Anónimo dijo...

Pepe, encontré tu blog y quiero dejar mi opinión sobre algún tema que leí por ahí:
* Sobre gustos no hay nada escrito. El arte es subjetivo, como la mayoría de las cosas. Te pongo un ejemplo: Sweet Charity me parece que es el peor musical que se pudo haber escrito, no obstante fue un boom aquí en Bs. As y en el mundo ¿Quién está equivocado? Nadie, es subjetivo.
En cuanto a tus musicales, particularmente me parece que la cumbre, el más profundo que has realizado es El Jorobado de París 1993, por el extraordinario elenco (como decía un colega por ahí, sí, creo que el mejor que has reunido), melodías, argumento, etc. Drácula está en segundo lugar, aunque tenga sus cosillas. Y el resto me parecen muy lindos musicales, pero humildemente creo que no están a la altura de los que te acabo de nombrar.
Apenas mi opinión Pepe
Gracias
Gustavo Salerno
gustavo_salerno@yahoo.com.ar

Nacho Ventura.- dijo...

Querido Pepe! Felicitarte sería redundante, aunque creo debo hacerlo... QUIERO hacerlo! Sigo tus obras afanosamente, independientemente de que me gusten o no, quiero felicitarte y agradecerte por eso! Porque sos una persona que HACE, un creador, un homo faber, y el que muestra se expone al mismo tiempo a críticas de cualquier tipo (absurdas, infundadas o académicas). Oscar Wilde (de quien soy un gran admirador) escribió en "El Retrato..." lo siguiente: "Sólo hay una cosa en el mundo peor que el que se hable mal de uno, y es que no se hable." El resto es cháchara.

Con gran afecto!
Nacho.-

P.D.: A propósito de O. Wilde, recuerdo que hace unos años cuando estrenabas "La importancia...", si mal no recuerdo, en el sitio web aparecía publicado un texto en forma de poesía que tenía como cita el "De Profundis", no sé si era un extracto del original o si era un poema tuyo, pero sí recuerdo con precisión que caló hondo hasta los huesos. En cualquier caso, es posible que me lo envíes? (mi mail es: nachoventura@gmail.com) Desde ya muchísimas gracias y cariños!

Carolina dijo...

Pepe...se te extraña mucho! que estarás haciendo, escribiendo, descansando, volviendo al ruedo con Otelo y con el año tambien; la verdad que me genera intriga, más porque deseo que vuelvas a escribir cosas hermosas y que tus palabras puedan hacer tanto como siempre y como te lo dije la vez anterior...
De mi parte super ansiosa por que llegue el domingo 8, asique esta semana tal vez tenga la suerte de verte cuando vaya a sacar mi entrada y sino sera el fin de semana!
gracias por tanto y PEPE VOLVE!!
un fuerte abrazo
Caro