viernes, 19 de diciembre de 2008

CHATSEGUNDA PARTE CAPÍTULO PRIMERO

Haber aceptado aquella salida con Andrés era algo inusual en Mónica. A ella no le gustaba vincularse con hombres casados. Y menos si éste era el presidente de la empresa en donde ella trabajaba. Pero él era especial. No sólo por ser tan atractivo y masculino, por ese olor a jabón suave, por esos dedos largos, esos dientes blancos y uñas perfectas, sino porque la primera vez que él le dio la mano, ella sintió que él era el hombre.
-- Hoy cumple usted un año trabajando aquí. Esto merece un festejo. Y esta vez no con su padre-- le dijo Andrés aquel mediodía, entrando en su oficina sin anunciarse.
--Justamente había pensado en decirle a mi secretaria ...
--Solos-- dijo él.
--¿Usted y yo?- respondió ella como una colegiala.
-- Vos y yo. Sopa de cebolla a las nueve en La Chimère--agregó.
La cena resultó maravillosa. Luego él la llevó hasta su casa en Olivos. Al llegar, Mónica lo invitó a tomar algo. No pudo evitarlo. No prendieron luces. Sólo velas. Y lo llevó arriba, a su cuarto, que daba al jardín. Un aroma a jazmines impregnaba la casa. Se observaron largo rato. Casi sin notarlo se dieron cuenta de que estaban desnudos. Pero lejos uno del otro. Cada cual en su territorio. Desconfiados. Alertas. Fueron acercándose lentamente. Midiéndose. Oliéndose. Fue un encuentro coreográfico. Sus cuerpos bailaron y se desplazaron uno dentro del otro de la misma manera que lo hubiesen hecho dos delfines en las profundidades del océano. Se resbalaban en sus pieles al revolcarse y sólo de tanto en tanto subían a tomar aire para volver a danzar. Él lanzaba chorros de espuma, y la hundía a ella entre carcajadas y caricias en abismos cada vez más profundos. No hubo piedad. No hubo tregua. Así horas. Hasta la madrugada. Hasta que la arena los despertó.
Andrés era maravilloso. Andrés era el mejor amante y el mejor amigo. Andrés era confiable. Andrés era generoso, desbordante, simpático, avasallante, adorable. Pero Andrés no era suyo. Era muchos fines de semana al lado del teléfono esperando esa llamada que no llegaba. Era las Navidades sola. Era viajes de negocios para camuflar encuentros con él. Andrés era una fantasía que ella necesitaba como una droga. Pero Andrés era honesto. Nunca la había engañado. Ella sabía todo desde el principio. Ella sabía que Matilde era un punto no negociable. No sólo por ser la madre de sus hijos, sino porque Andrés, como a ella, la amaba. Aquella primera noche vislumbraron que iban a ser alegres. Pero no felices.

Franco observó cómo entre la multitud se abría paso una mujer de aproximadamente treinta y cinco años, envuelta en un vaporoso vestido de gasa estampada, brindando sonrisas no fáciles de ganar. Matilde, la mujer de Andrés, no regalaba sonrisas. Salvo una que le dirigió a un camarero cuando éste estuvo a punto de volcarle una copa de champán encima.
--Perdón, señora-- atinó a decir el hombre.
--No se preocupe, amigo. El champán bueno no mancha. Perfuma. Y a mí me encantan los perfumes. Gracias-- le contestó ella sonriéndole y siguiendo de largo.

Una hora antes, encerrada con llave en su oficina para evitar que alguien entrara y la pudiese escuchar, Fabiana, la secretaria privada de Andrés, marcaba el número del celular de Matilde.
--Hola-- contestó Matilde.
--Soy yo. Ya la vi-- dijo Fabiana en un susurro.
--Ya sé que es usted. Estoy yendo para allá en el auto. ¿ Qué averiguó? – preguntó Matilde.
Fabiana era su informante. Matilde le ofreció serlo a cambio de una generosa retribución; o de ser despedida. Fabiana eligió la retribución. De esta forma Matilde sabía de cada movimiento que Andrés realizaba. Así había averiguado de la relación de él con Mónica.
--Lleva un traje de seda negro de Donna Karan-- dijo Fabiana.
--¿De Donna Karan?-- contestó sorprendida Matilde mirando el suyo de la misma marca--. ¿Bordado?
--Si-- respondió Fabiana.
--¿Con mangas?-- insistió Matilde.
--Largas, ajustadas y con un gran escote atrás-- acotó Fabiana.
--¿Y al final del escote? En la cintura. Abajo. Atrás. Dígame. Es muy importante--- inquirió Matilde impaciente.
La respuesta la golpeó como un bisturí sin anestesia.
--Una rosa roja-- dijo Fabiana.
La misma rosa roja que Matilde sentía incrustada ahora como un hierro candente en su cintura.
--Gracias-- dijo cerrando su celular.
Un hijo de puta. Ese modisto suyo hermafrodita era un hijo de puta. Había pagado una fortuna por el vestido para ser ella el centro de la fiesta, no Mónica. Esto le pasaba por tener como espía a esa ineficiente enana circense de Fabiana. Esto le pasaba por no exigirle a su marido que despidiese a Mónica. ¿Para qué hacerlo sí siempre aparecían nuevas? Sólo que Mónica duraba más de lo acostumbrado.

A los tres años de casada Matilde se enteró de la primera amante de Andrés; de la primera que ella se enteraba. Pensó en separarse y en irse con los chicos. Lo que se piensa siempre. Andrés le explicó que él era así y que por eso se había casado ya grande. Pero que él la amaba y que ella era la madre de sus dos hijos, su compañera y su amiga y que la otra opción, era dejarlo. Le propuso tener una relación más abierta y más libre; tener amantes, compartir parejas, hacer sexo grupal. Ella aceptó.
Así había sido y no había resultado mal. Se amaban. Esto era algo difícil de entender para los demás. Diez años divirtiéndose y jugando. La primera vez fue difícil. Luego sólo fue cuestión de organizarlo. Nunca de noche, por los chicos. Que Andrés tuviera sus juegos. Ella tendría los suyos. Que Andrés tuviera a Mónica no importaba. Nada de eso importaba. ¿Pero el mismo vestido?
--José, de vuelta a casa-- ordenó Matilde al chofer –. Y rápido.
Se pondría el de gasa estampada. Maldito sea, el modisto.

--¿Cómo les estará yendo a Franco y a los chicos?-- se preguntaba Clo en ese mismo momento, sentada en la barra de su boliche.
Esta fiesta era una buena oportunidad para intentar colocar a sus atractivos muchachos en trabajos menos riesgosos que los habituales. Hoy en día la prostitución masculina dejaba buenos dividendos pero se corrían muchos riesgos. La policía. El SIDA. Los gastos del local eran cada vez mayores y menor la clientela. Surgían nuevos boliches y los pendejos y las locas los preferían. La oportunidad había surgido gracias a Franco, que la recomendó al jefe de Personal de la empresa. Si esto funcionaba pondría una agencia de seguridad y se encargaría de manejarla. Estaba cansada. Cansada de tanta mierda. Cansada de ver tanto maricón ruinoso y tanta basura dependiente. Ella no lo era. Entraba y salía de la droga cuando quería. No la necesitaba. Ella no necesitaba de nada ni de nadie. Y conservaba su belleza casi intacta a los cuarenta y siete.

A los doce años, Clo mantenía relaciones sexuales con el hermano de su madre, que no sólo era treinta años mayor sino, además, cura párroco del pueblo en donde vivían. Cada tarde ella iba a la iglesia, y jugaban a que ella se confesaba de sus pensamientos pecaminosos. Como penitencia, el tío le imponía que los llevara a la práctica con él; iban a la sacristía en donde la desnudaba y luego de manosearla la poseía. A veces lo hacía en el mismo confesionario. A esa hora el sacristán y los feligreses dormían la siesta y él había cerrado con llave muy cuidadosamente todas las puertas de la pequeña iglesia.
Clo también había aprendido a fumar y no cesaba de hacerlo mientras su madre, en la cocina, la observaba resignada.
-- Si tu padre te ve te mata-- le decía mientras preparaba polenta. Clo la miraba sentada en el piso de mosaico gastado tratando de entender qué sentido tenía desperdiciar así la vida.
Su padre la veía siempre. Imposible evitarlo: un inválido rara vez sale de su casa, pero sí era difícil que pudiese matarla postrado en su silla de ruedas desde hacía quince años. Él la corría haciendo girar frenéticamente las ruedas de su silla, le gritaba amenazas y ella reía. Sólo se detenía cuando él, exhausto, comenzaba a ahogarse por el asma. Su madre corría a darle la medicina.
A veces, en el verano, Clo hacía creer que se encerraba en su cuarto del primer piso, al que su padre no podía subir. De noche se escapaba por la ventana que daba a la terraza para ir a seducir hombres en la playa. Había una pequeña playa con arena oscura y mojada cerca de su casa. Estaba rodeada de piedras y desperdicios, y a ella le gustaba bañarse allí desnuda bajo la luz de la luna, esperando la llegada de alguien. Cuando esto sucedía, generalmente hombres mayores que salían de una cantina cercana, Clo les cobraba veinte pesos por media hora de felatio sin penetración. Al volver a su casa guardaba el dinero en una caja de metal que escondía en su cómoda, debajo de la ropa interior.
A los quince años ya había decidido marcharse de su casa. Su vida era como el pueblo en el que habitaba. Techos bajos y distancias cortas. Ella no estaba hecha para vivir en ese lugar. No toleraba esas tardes tan largas llenas de polvo y plantas secas como los labios de sus habitantes. Clo deseaba besar bocas húmedas y conocer cuerpos sudorosos y malolientes.
-- Me voy, Luis.
--¿Te vas? ¿Adónde?-- le preguntó su hermano menor sin entender qué pasaba mientras ella terminaba de llenar una vieja valija de plástico con la poca ropa que tenía.
-- Al mundo-- contestó Clo, y guardó en su bombacha el dinero ahorrado. Tomó un portarretratos con la foto de la familia y se fue sin despedirse. Directo a Buenos Aires.

Primero fue un señor inglés. La mujer de éste la contrató como mucama a través de una agencia. De día limpiaba y de noche lo atendía a él personalmente en la cama. Quedó embarazada. Fue su primer aborto. A ése le puso Maxi. Por el inglés. Cada aborto tenía un nombre y cada fin de año brindaba por ellos. Llevaba diez. Diez abortos con nombre y sin apellido. De allí pasó a trabajar en otra casa. Esta vez la sedujo la señora y el marido las encontró juntas en la ducha.
Masajista, dealer, proxeneta. Ahora a los cuarenta y siete era dueña de Slip, un boliche gay que abrió en el 83 con tres socios más. Poco a poco se fue deshaciendo de ellos y hoy era dueña de todo. Slip le servía de pantalla para sus otras actividades más lucrativas: desde venta de droga hasta un plantel de más de veinte hombres dispuestos a entregar sus encantos al mejor postor. Y una noche, hacía años, había conocido a Franco. Él le fue a ofrecer sus servicios, como director e intérprete de shows, al recién inaugurado boliche.
-- Soy el mejor transformista que hayas conocido-- le aclaró y sin darle tiempo a responder sacó un vestido bordado de un inmenso bolso que llevaba consigo, una peluca platinada y un par de zapatos de taco alto.
Mientras se maquillaba le entregó a ella una cassette y le pidió que alguien la colocara en el equipo de sonido. A los cinco minutos estaba en el escenario interpretando un tema de la protagonista del musical “El fantasma de la Ópera.”
Tenía razón. Era el mejor. Clo aceptó su propuesta y Franco se convirtió en su director, intérprete y mejor amigo. Él era un bálsamo y nadie la divertía tanto. Ahora Franco estaba obsesionado con que ella dejase esa vida.

Después del show los últimos invitados se marcharon. Los primeros en irse, como los reyes, habían sido Andrés y Matilde. Luego se fue retirando el resto de la corte. Sólo Franco permanecía deambulando en mangas de camisa y sin corbata, con esa sensación que da el parir algo y sentirse luego vacío. Se acercó al ventanal y vio desde lo alto cómo en la calle se despedían, dihcminutos, los invitados. Todos se iban. Nadie llegaba. Mañana al amanecer surgirían en el edificio y en las calles los descastados a limpiar y poner orden. Los parias. Los sin nombre. Qué raro que Mónica no se hubiese despedido. Raro.
Pero esta tarde él había triunfado. Lentamente se desplazó hacia la puerta. No daba más. La tarde entera había sido un vértigo de danzas y exorcismos y él jugó el papel de brujo.
Ahora su ropa estaba empapada. Siempre previsor, había traído una muda de ropa, por si acaso. Entró a su oficina, se quitó la camisa, sacó una toalla y una remera de un bolso y comenzó a secarse el pelo. Se puso la remera. De un cajón del escritorio extrajo un perfume con aroma a naranja. Primero roció el ambiente y después su cara. Luego se dejó caer en una silla. Cerró los ojos y pensó que ya había pasado lo peor. Tal vez en este nuevo año conocería a alguien y se enamoraría. Él siempre se enamoraba. Los otros nunca; siempre querían ser sus amigos. Él no. Él quería ser pareja, amante, dar la vida, ser todo. Pero no sucedía. Por eso que se escapaba a los cines porno de Retiro y allí en la penumbra, mezclándose entre las sombras de machos excitados, buscaba seducir a alguno. No le podría ver claramente los rasgos, ni quería. Eso era lo atractivo. Franco quería tocarlo un rato y llevarlo a un lugar oscuro en donde poner en práctica sus fantasías. A veces otros más se sumaban al juego y entonces el aquelarre sí era completo. Belleza y fealdad se mezclaban en una voraz entrega de manos, lenguas y miembros sudorosos. Era el momento en que los feos y los viejos aprovechaban este caos para recoger las sobras. Sus manos y no sus cuerpos, testigos de su invalidez, también se sumaban.
Ahora, después de la fiesta, las manos de Franco sólo deseaban bregar en el teclado de la computadora.

2 comentarios:

Virginia Falcón dijo...

me encata leer cada aventura tuya.. y sobre todo esta novela q cada vez es mas interesante..

ya tengo las entradas para otelo..SOY FELIZ..

TE QUIEROO..

...............VIRGINIA...........

ALEJANDRO ANDOLF dijo...

Creo que todos sabemos que hay un lugar en el mundo donde somos quien queremos ser, el de Franco parece ser el chat. Y es el único lugar donde sus fantasías se hacen realidad y donde su madre (un personaje exquisito, una mezcla de Margot Chaning en decadencia con la ambición de Eva Harrington del film La Malvada) no lo adentra y creo que eso es lo que lo lleva actuar de esa manera y no de otra. ¡Esta novela fue uno de los regalos mas hermosos que me hizo mi madre! ¡Me la leí en un fin de semana! Siempre supo que me gustaba pero nunca creyó que tanto. ¡Te felicito Pepe y recomiendo que se la vayan a comprar ahora! Leerla del libro es una sensación inexplicable.
Aprovecho Pepe para decirte que deseo con fervor volver a tomar clases contigo y que necesito rodearme de vos, de tu arte, de tus palabras, de tu entrega absoluta a todo lo que haces, que tanto bien me hace. Estuve tratando de comunicarme con Manu, pero creo que cambió el número. ¿Me podrías facilitar la información? Gracias y espero ansioso verte pronto y poder darte un abrazo y disfrutarte, como siempre.
Presto a ti, a lo que necesites.
Abrazo.